Iba caminando hacia la entrada del recinto, las manos apretadas, los brazos
tensos y los ojos fijos en esa puerta decorada sutilmente con globos de colores
y una pancarta en la que se leía “Bienvenidos curso del 2000”. No se podía
creer que al final Juan la hubiera convencido para ir, había insistido tanto en
que debía estar allí, que al final por no oírle aceptó la invitación que había
llegado a su email unos días antes.
Pero realmente no quería estar allí, en ese polideportivo cutre, reencontrarse
con sus compañeros de carrera le apetecía, pero ¿Y si estaba ella? Ese era su
mayor temor, encontrarla, no podría soportar ver a la que había sido y seguía
siendo la causa de sus mayores alegrías y penas, aunque nadie lo supiera. Todo había
empezado como una locura de juventud, pero poco a poco se fue convirtiendo en algo
más, al menos para una de ellas. Para la otra, la cobarde, fue algo que terminó
con el final del último año, para luego volver a su vida correcta y previsible.
Seguro que estaba allí con su marido pavoneándose de sus tres niños y el perro.
Entre pensamientos se encontró delante de la puerta, estaba oscuro, dentro
se oía la música pero para llegar debía atravesar un largo pasillo era su
oportunidad, podía huir. ¿Huir? No, los años le habían enseñado a ser fuerte y
soportar las miradas mientras llevaba la coraza de “soy lesbiana y me resbala
lo que penséis”. Suspiró, tenía los puños tan apretados que las uñas se habían marcado
en la palma, cerró los ojos un instante y lentamente abrió la puerta. Otro
pasillo, parecía que no terminaría nunca. A su mente vinieron imágenes de su
sonrisa, su pelo negro azabache, su piel blanca y suave, su piel… se detuvo. Debía
dejar de recordarla, habían pasado cuanto. ¿10 años? ¿Era posible seguir
enamorada de alguien después de tanto tiempo? Por su bien se mentalizó que tan
solo era un recuerdo, los recuerdos son traicioneros y malvados, pero ella lo
había superado, había madurado y aunque no había logrado tener una relación
estable en esos diez años, eso no quería decir que la siguiera queriendo.
Otra puerta, la abrió, esta vez con decisión y allí estaba, era su baile de
graduación, parecía que el tiempo hubiera retrocedido a aquella noche en que se
vieron por última vez, la noche en que su corazón se rompió para siempre. Inconscientemente
la buscó por la sala y la encontró, estaba preciosa, perfecta, riéndose
mientras alguien le daba la mano, un hombre. Lógico pensó. ¿Cómo iba a ser de
otra manera? La voz de alguien llamándola hizo que sacase los ojos de ella,
Mónica, probablemente la chica más pesada que había conocido nunca se le había acercado
y la abrazó para luego empezar a hablar efusivamente, pero ella no la oía, sus
ojos se habían encontrado con los de ella que al notar su presencia se había girado
y la miraba con tan intensidad que sintió que le faltaba el aire.
Sin dejar de mirarse se fueron acercando la una a la otra, era como si una
fuerza invisible tirara de ella. Al llegar a su altura, escuchó su voz
aterciopelada o eso le pareció. ¿Qué le había dicho? Contesta, pensaba mientras
no le salía la voz, solo podía mirarla, ¡para! Se decía, deja de mirarla así. Recuerda
que te hizo. Todo era culpa de los recuerdos, se repitió.
-
¿Maya? – esta
vez sí la había escuchado.
-
Ehem… hola
Lola… ¿Cómo estás?
-
Bien, muy
bien la verdad – ¿se había sonrojado y bajado la mirada? Imposible.
-
Me alegro,
bueno tengo que… ya nos vemos por aquí – se dio la vuelta y se alejó de ella y
esos sentimientos que seguían allí aunque hubiera intentado ocultarlos.
Debía irse de allí, venir había sido la peor de las ideas quería escapar,
entonces una mano la sujetó. Se dio la vuelta y de nuevo allí estaba. ¿No la podía
dejarla en paz? Su cara debió reflejar ese pensamiento porque se puso seria de
golpe.
-
No quería
molestarte perdona – dijo dándose la vuelta.
-
No me has
molestado – habló sin pensar – ¿Qué querías?
-
Hablar
contigo. – dijo mientras la miraba de nuevo con esa intensidad que la dejaba
sin aliento – hacía mucho que no nos veíamos.
-
Casi diez
años – sonó dura esa frase y lo sabía.
-
Si… - de
nuevo miró sus manos parecía nerviosa, antes eso le habría parecido tierno pero
ahora, no sabía que pensar – no me porté muy bien esa noche. ¿Verdad?
-
No mucho,
pero fuiste muy clara – su tono de voz había adquirido esa dureza ensayada
durante años, sus ojos se clavaron en los de ella de un modo diferente a como
la miraba diez años atrás – aunque eso es pasado.
-
Si, pasado.
De pronto notó como rozaba su mano tirando levemente de ella y sin saber
porque, aunque lo sabía y sin querer, aunque quería, se dejó llevar fuera de la
sala, a la zona apartada y más oscura donde solo se podían ver sus siluetas
bajo las sombras.
-
Quería
pedirte perdón Maya. – dijo sin previo aviso mirándola directamente a los ojos
y a escasos centímetros de su rostro – me porté como una cobarde y una estúpida
esa noche.
-
Ahora ya no
importa Lola, como te he dicho es pasado, estos diez años me han ayudado a
superarlo – lo dijo sabiendo que ni ella misma se lo creía.
-
Me alegro, yo
he pensado muchas veces en ti… - se acercó aun mas a su rostro y ella se
apartó.
-
¿Qué tal el
chico con el que has venido? Os he visto bien juntos. – no había podido
disimular los celos y Lola lo notó.
-
¿Miguel?
-
Sí, el que te
daba la mano cuando nos hemos visto.
-
Miguel es mi
mejor amigo, solo eso – porque le daba esas explicaciones, que más le daba a
ella. ¿Había dicho amigo? ¡No sonrías! – en realidad no estoy con nadie ahora
mismo. ¿Y tú?
-
¿Yo? Pues… - quiso
mentir, pero no pudo – pues hace poco que lo dejé con mi novia.
-
Bien – ¿había
sonreído? ¿Bien? – porque solo he venido a este estúpido baile para verte a ti.
Y ahí todas sus defensas cayeron. ¿Cómo iba a resistirse a eso? Se
acercaron y besaron, llevaba diez años añorando sus besos. ¿Cómo puede ser que
añorase tanto sus besos? Todos los sentimientos, ocultos, volvieron a ella y
entonces se acordó. Seguía siendo la misma, se separó y miró esos ojos que
ahora la miraban algo desconcertada. Habían pasado diez años, pero seguía amándola
como el primer día y doliéndole como el último, allí estaba, escondidas del
mundo, no quería volver a pasar por eso. Sin decir una palabra se dio la vuelta
y la dejó allí, no quería ser un secreto y con ella era lo único que sería. Las
lagrimas empezaron a mojar sus mejillas, no debía haber ido a ese estúpido
baile, no quería verla y menos aun seguir queriéndola como realmente lo hacía. ¿Cómo
iba a sacarse a alguien de dentro cuando simplemente la tenía anclada en el
alma? Lloraba mientras andaba rápidamente por la pista hacía la puerta y de
nuevo esa mano la detuvo, no quería girarse y verla, pero aun menos no hacerlo.
Cerró los ojos y entonces sintió como la mano se posaba en su mejilla y la
obligaba a darse la vuelta para besarla de nuevo.
-
¿Qué… que
haces?
-
Demostrarte
porque he venido hoy aquí – había algo nuevo en sus ojos, algo en lo que antes
no había caído – te quiero, te he querido desde que nos vimos en la biblioteca
en el pasillo de Historia del Arte. En el pasado fui una cobarde y no quiero
serlo de nuevo. Ya no tengo miedo a lo que dirán, entendí hace tiempo que
sentirme así es lo correcto. A lo único que ahora temo es a no poder
recuperarte, porque mi vida no tiene sentido sin ti – sus ojos se llenaron de
lagrimas, iba a decir algo más pero la interrumpió con un beso.
-
¿Por qué has
tardado tanto? – dijo abrazándola con fuerza.
-
Lo sé, lo
siento, te quiero – se miraron y de nuevo se besaron.
El resto de los presentes al baile se limitaron a ver la escena
emocionados, sobretodo uno, el artífice de todo, ese amigo que había estado al
lado de las dos en esos diez años y que siempre había sabido que estaban hechas
la una para la otra. Juan se secó una lágrima y sonrió, al final sí existían
los finales felices.
FIN
Esta historia la escribí en el 2010, es raro a veces leerme y darme cuenta que con los pasos de los años he mejorado bastante, aunque la esencia sigue siendo la misma. Antes de publicarlo lo he corregido, espero que os guste.
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