La primera vez fue solo un insulto, le había hecho la cena. Era su
primer día en el que seria su hogar, y quiso hacer algo especial. ¿Cómo iba a
imaginar su reacción? Él, que desde el primer día la había tratado como una
princesa. Él, que había enamorado a sus suegros, que nunca antes habían
aprobado ninguno de sus novios. Él la llamó estúpida por una lasaña algo
tostada, no quemada, pero a le gustaba blanca sin apenas gratinar. Luego le
pidió perdón, parecía tan arrepentido, se justificó con un día muy duro en el
trabajo y se comió todo el plato. Ella le perdonó, solo había perdido los
nervios, a cualquiera le podía pasar.
La siguiente vez fue más duro. Estaban preparando la maleta para una
escapada romántica, ¿Cómo podía saber ella que le molestaría su firma de meter
las cosas? Él, que había llorado al ver a su hijo recién nacido. La empujó
contra la pared. El golpe le causó un oscuro y doloroso moratón en la espalda,
una pequeña brecha en la cabeza y un permanente dolor de cervicales en los
siguientes meses. Luego, mientras curaba sus heridas, llorando y suplicando, le
pidió perdón. Le dijo que no sabía qué le había pasado, que él no era así, pero
que le hacía perder los nervios, que no volvería hacerlo. Ella de nuevo, con
lágrimas por el dolor físico y emocional, lo perdonó mientras se abrazaban.
Luego todo fue a peor, cada vez la golpeaba más a menudo, en los
brazos, las piernas, la espalda, incluso la cara. Había días que no podía salir
de la cama por el dolor, pero le perdonaba, no era culpa suya sino de ella,
siempre hacía algo para provocarlo. Él la amaba, siempre se disculpaba y luego
la trataba como antes.
Aquel día se enfadó porque puso una corbata suya en la lavadora y se
le estropeó. Sus insultos y golpes se mezclaban con sus suplicas. Hasta que
todo quedó en silencio. En el suelo, aun con el puño levantado, estaba él,
mirándola fijamente, no se movía. Ella tendida debajo de él no respiraba, había
golpeado su cabeza contra el suelo en un golpe fatal. Los médicos que la
atendieron dijeron que no se habría podido hacer nada, que había muerto al
instante. Se atrevieron a decir que sin dolor.
Hace un año que la enterramos. Él lloró en su funeral, como quien
siente la perdida de un ser amado. Pero mi padre no amaba a mi madre, cuando
amas a alguien no la hieres, eso no es amor. Hoy hace un año que murió por no
poder o no querer irse de su lado, por eso escribo esta carta, para que las
madres, esposas e hijas, que no creen tener más opción que aguantar los golpes,
sepan que sí la tienen. Que nadie tiene derecho a golpearte ni a insultarte.
Que tienes derecho a una vida mejor, sin él. Que eres más fuerte y más valiente
porque tu aguantas esos golpes que te dan y te levantas al día siguiente,
mientras que él solo sabe golpear.
Así que no tengas miedo, mi madre lo tuvo y no pudo tener la
oportunidad que tu si tienes. Así que aprovéchala y lucha.
Firmado el hijo de un maltratador y su víctima.
este relato proviene de mi primer curso de escritura, fue unos de mis ejercicios.
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