jueves, 31 de mayo de 2012

Martin


La madre de Martín entró por la puerta del café cargada con varias bolsas, además de las que colgaban del cochecito que empujaba. Martín, que aún iba atado dentro de su habitual medio de transporte, empezó a mover los brazos, lleno de emoción. Yo estaba sentada en una mesa de la esquina y, aunque leía concentrada el periódico, levanté la vista al oír sus grititos de excitación. Su madre saludó a la camarera, definitivamente eran habituales del sitio, buscó su mesa y se sentó en ella dejando ordenadamente las bolsas a un lado. Luego se giró hacia su hijo y desabrochó las correas del cochecito.
No suelo ser muy amiga de los niños cuando mi plan es leer y tomarme un café con un croissant con tranquilidad después de una discusión con mi madre, pero Martín me conquistó al instante.
Saltó de su cochecito y empezó a balbucear esas palabras que solo una madre entiende. Ella sonrió y le contestó. Se levantó y de la mano de su hijo fueron a la estantería llena de libros que, nada más entrar, a mi me había llamado tanto la atención. No es muy habitual encontrar un lugar en el que se fomente la lectura y no el ruido. Señaló uno de los cuentos, colocados en la parte inferior donde niños como Martín llegasen para cogerlos, y luego lo tomó entre sus manos. Una enorme sonrisa apareció mientras miraba el libro.
Mi café se había enfriado, sin darme cuenta llevaba varios minutos con la taza en la mano y los ojos fijos en ellos dos, era como si la alegría del niño por su próxima lectura me hubiera hipnotizado.  
La camarera le había llevado un café con hielo, supongo que es la estrategia para cuando sabes que el café se te va enfriar de todos modos, luego acarició el cabello rubio del niño y siguió con su trabajo. La madre de Martín se sentó en el mismo lugar de antes, pero ahora se colocó a su hijo en su regazo y empezaron a leer el cuento que, por las explicaciones que daba en niño, ya se lo sabía de memoria. Señalaba el dibujo del primer cerdito y sonreía mientras soplaba como el lobo, para luego vitorear la victoria de los tres hermanos porcinos.
Al terminar el primer cuento saltó al suelo y señaló la estantería. Parecía pedir permiso con esos enormes ojos avellana para devolverlo y coger otro, entonces su madre le dijo “¿Leemos otro?”. Martín caminó emocionado llevando el enorme cuento en las manos, lo dejó en su sitio, con una habilidad que solo te da la experiencia. Y sacó el siguiente, otro que seguro también conocía de leerlo mil veces. ¿Qué importaba? Al final cada vez era como la primera.  
Viendo esa escena una pregunta se clavo en mi mente ¿Podría alguna vez sentir la emoción de leer un cuento con mi madre? ¿Existía una sensación comparable? Solo se me ocurrió una respuesta… ser quien lo lee mientras tienes esos enormes ojos avellana clavados en el cuento, acompañarle en cada página y mostrarle las maravillas del mundo en cada dibujo. De pronto envidiaba esa escena, no de una forma mezquina o egoísta, pero sí sentí que algo me faltaba. Saqué mi móvil del bolso, busqué en la agenda y llamé a mi madre. 

1 comentario:

  1. Este es uno de mis relatos más nuevos, lo he presentado a mi curso de Escritura Creativa que estoy haciendo y después de las correcciones pertinentes pues os lo dejo aquí para que lo disfrutéis. ^^

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