La madre de Martín entró por la
puerta del café cargada con varias bolsas, además de las que colgaban del
cochecito que empujaba. Martín, que aún iba atado dentro de su habitual medio
de transporte, empezó a mover los brazos, lleno de emoción. Yo estaba sentada
en una mesa de la esquina y, aunque leía concentrada el periódico, levanté la
vista al oír sus grititos de excitación. Su madre saludó a la camarera,
definitivamente eran habituales del sitio, buscó su mesa y se sentó en ella
dejando ordenadamente las bolsas a un lado. Luego se giró hacia su hijo y desabrochó
las correas del cochecito.
No suelo ser muy amiga de los
niños cuando mi plan es leer y tomarme un café con un croissant con
tranquilidad después de una discusión con mi madre, pero Martín me conquistó al
instante.
Saltó de su cochecito y empezó a
balbucear esas palabras que solo una madre entiende. Ella sonrió y le contestó.
Se levantó y de la mano de su hijo fueron a la estantería llena de libros que,
nada más entrar, a mi me había llamado tanto la atención. No es muy habitual
encontrar un lugar en el que se fomente la lectura y no el ruido. Señaló uno de
los cuentos, colocados en la parte inferior donde niños como Martín llegasen
para cogerlos, y luego lo tomó entre sus manos. Una enorme sonrisa apareció
mientras miraba el libro.
Mi café se había enfriado, sin
darme cuenta llevaba varios minutos con la taza en la mano y los ojos fijos en
ellos dos, era como si la alegría del niño por su próxima lectura me hubiera
hipnotizado.
La camarera le había llevado un
café con hielo, supongo que es la estrategia para cuando sabes que el café se
te va enfriar de todos modos, luego acarició el cabello rubio del niño y siguió
con su trabajo. La madre de Martín se sentó en el mismo lugar de antes, pero
ahora se colocó a su hijo en su regazo y empezaron a leer el cuento que, por
las explicaciones que daba en niño, ya se lo sabía de memoria. Señalaba el
dibujo del primer cerdito y sonreía mientras soplaba como el lobo, para luego
vitorear la victoria de los tres hermanos porcinos.
Al terminar el primer cuento saltó
al suelo y señaló la estantería. Parecía pedir permiso con esos enormes ojos
avellana para devolverlo y coger otro, entonces su madre le dijo “¿Leemos
otro?”. Martín caminó emocionado llevando el enorme cuento en las manos, lo
dejó en su sitio, con una habilidad que solo te da la experiencia. Y sacó el
siguiente, otro que seguro también conocía de leerlo mil veces. ¿Qué importaba?
Al final cada vez era como la primera.
Viendo esa escena una pregunta se
clavo en mi mente ¿Podría alguna vez sentir la emoción de leer un cuento con mi
madre? ¿Existía una sensación comparable? Solo se me ocurrió una respuesta… ser
quien lo lee mientras tienes esos enormes ojos avellana clavados en el cuento,
acompañarle en cada página y mostrarle las maravillas del mundo en cada dibujo.
De pronto envidiaba esa escena, no de una forma mezquina o egoísta, pero sí
sentí que algo me faltaba. Saqué mi móvil del bolso, busqué en la agenda y llamé
a mi madre.
Este es uno de mis relatos más nuevos, lo he presentado a mi curso de Escritura Creativa que estoy haciendo y después de las correcciones pertinentes pues os lo dejo aquí para que lo disfrutéis. ^^
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