Todos recordamos nuestra primera vez, la mía fue tan especial, tan hermosa. Era un chico joven, bastante más que yo, con unos hermosos ojos azul claro de los que me quedé absolutamente enamorada. Nos vimos una mañana de verano por la calle, yo paseaba con mi hija mayor, que por aquel entonces tenía once años ya, él repartía publicidad. Cogí uno de los papeles y le sonreí. En ese momento, mientras él me devolvía la sonrisa, supe que sería el primero, era mi destino y el suyo.
No tuve ningún problema en convencerlo que se viniera conmigo, ni te imaginas lo confiados que son los chicos si les prometes sexo salvaje sin compromiso. ¿Tenéis algún tipo de fantasía rara con eso? No hace falta que contestes, tu cara lo dice todo.
Nos encontramos en el almacén de pescado congelado, el de la fábrica que cerraron hace ya varios años, era el lugar perfecto para lo que íbamos hacer. Al principio estaba un poco nerviosa, él también, pero nada más empezar me relajé, era lo que había estado buscando toda mi vida.
Lo primero fue atarlo, no fue difícil, esa debe otra de vuestras fantasías. Que hermoso se veía, semidesnudo, atado por los tobillos y las muñecas y deseando que le hiciera toda clase de perversidades. El pobre ni siquiera lo vio venir.
En casa había pensado mucho en qué usar, el cuchillo de carnicero me parecía poco práctico, la sierra demasiado escandalosa, no quería hacer mucho ruido, ya habría suficiente con sus gritos. Al final me decidí por el hacha, silenciosa, eficiente y, sobretodo, no demasiado rápida. El primer hachazo fue el peor, fallé el golpe y el chico chilló como un loco, la sangre me salpicó empapando mi ropa. Me puso algo tensa el no acertar, por eso en el segundo puse todos mis sentidos, le alcancé en el cuello que quedó medio colgando, solo sujeto por un trozo de piel, después, todo fue muy rápido.
El silencio se instaló en el lugar, solo se oía el ruido de los huesos partiéndose, aun por las noches lo oigo, que melodía tan hermosa ¿no crees? No claro, nunca la has oído, así que no puedes saberlo. Es parecido al ruido de los carniceros al cortarte una pieza de carne, solo que en ese caso la pieza es mayor y los huesos algo más fuertes.
Al terminar sentí un mar de sentimientos mezclados, estaba excitada, por la noche le hice el amor a mi marido como una loba. Pero también sentía de nuevo ese vacío, solo me había sentido plena mientras mataba al chico, pero había sido tan rápido, supongo que por mi poca experiencia. Fue entonces cuando entendí que debía seguir y sentirme así otra vez.
Dejé pasar un poco de tiempo, para luego volver a la caza, iba por la calle buscando al candidato ideal, me gustaban sobretodo rubios con ojos azules o color claro. Algunos eran fuertes, luchaban hasta el final, uno incluso me golpeó y me abrió una ceja, a ese le presté mi total atención, tardó varias horas en morir, pero que maravilla de horas! El desmembramiento en vivo fue una de mis mayores experiencias, para mi algo imprescindible a partir de entonces, bueno a lo mejor exagero, aunque cuando morían antes de lo deseado ya perdía el interés por la desmembración.
Muchos otros eran unos cobardes, niños ricos en su mayoría, que a cambio de su vida ofrecían todo lo que tenían. Como si para mí el matarlos fuese un trabajo ¡lo mío era placer! ¡Lo que yo les hacía era arte! Por eso no podían comprarme con dinero, que lástima que no lo entendieran. Precisamente estos eran los que más rápido morían, tenían muy poca resistencia los condenados. Aunque la mayoría de las veces era yo quien los mataba deprisa, oírles sollozar me ponía de los nervios, cortarles la garganta solía ser lo más efectivo, un corte limpio, que permitía al silencio instalarse de nuevo en el almacén.
¿Qué si me arrepiento? Nunca, el mayor placer lo siento cuando mato y espero poder sentirlo pronto. Pero tranquilo… tú no eres mi tipo.
Este texto fue uno de los ejercicios de mi escritura creativa, creo que el que más me divertí mientras lo escribía.
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